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lunes, 4 de julio de 2011

“Watching a coast as it slips by the ship…

… is like thinking about an enigma. There it is before you –smiling, frowning, inviting, grand, mean, insipid, or savage, and always mute with an air of whispering, Come and find out”.

Joseph Conrad, Heart of Darkness, Penguin Classics, Londres, 2007, p. 15.

Es un pasaje memorable, justo cuando Marlow, el personaje principal, se acerca a la costa africana. La tierra desconocida es capaz de emitir llamados atrapantes y cautivadores. Cualquiera lo ha sentido, y no hace falta estar a bordo de un barco, sino sólo tener algún punto de vista específico desde donde se pueda simultáneamente ver y no ver, percibir de golpe lo inadvertido, darse cuenta de que hay todo un mundo ahí adentro por descubrir. En esas ocasiones, hay una voz profunda que emerge desde lo más recóndito y, como el viento, nos susurra un “acércate, asómate y ya verás…”

lunes, 5 de julio de 2010

“Volver a un lugar es buscarnos de memoria a nosotros mismos,…

… y entonces se oye más el viento a lo ancho del yermo, como si antes hubiese venido alguien que ya no lo tenemos a nuestro lado. Porque el paisaje no nos espera más que una vez: cuando es inesperado para nuestros ojos, presintiéndolo la sensibilidad. Contemplar es despedirse de lo que ya no será como es. La paz, el júbilo, la conciencia evocadora, la internación en el paisaje, son estados reveladores que se disuelven dentro del tiempo como las nubes, el aliento del agua, el temblor de una fronda en el azul.”

Gabriel Miró, Años y leguas, Salvat Editores, España, 1971, p.103

Cualquiera que haya estado lejos de su tierra natal por un tiempo considerable y haya después regresado ha sentido sin duda lo que dice Miró. Volvemos y al mismo tiempo tropezamos a cada paso con nosotros mismos. Pero Miró parece también querer decir que tropezamos con gente del pasado, la cual mucha veces a nuestra vuelta no es más que viento soplando en una planicie desolada. Especialmente cuando se vive en el lugar, se tiene la impresión de que éste es casi inmutable. Al evocarlo en la mente, surge siempre como algo estático. Pero las razones mismas por las que somos capaces de evocarlo son tan efímeras como el chasquido de una gota de lluvia.

viernes, 2 de julio de 2010

“Es falso decir que hay paisajes a medida de hombres y otros que no lo son…

…Todo paisaje de la tierra está hecho a medida de hombre, puesto que el hombre habrá de servir siempre de módulo en todo lo que concierne a la Tierra. Lo que debe saberse es para qué hombres está hecho el paisaje –para qué ojos, para qué sueños, para qué empeños”.

Alejo Carpentier, Obras completas, Ensayos, Tomo 13. Siglo XXI Editores, México, 1990, p. 276.

De inmediato al leer esta frase, me vino a la mente la famosa sentencia de Protágoras, pero al pensarlo un poco más uno se percata de que en realidad Carpentier va por otro rumbo. Se enfoca más en la relación entre hombre y paisaje, espectador e imagen, y en cómo hay una especie de mutua dependencia entre ellos. Así como Melville hablaba de la fácil disposición del mar para atrapar y seducir a personas de inclinaciones metafísicas, así también Carpentier sugiere que para cada paisaje posible hay un tipo de hombre posible; para cada montaña, un anhelo; para cada río, una inquietud; para cada peñasco, una decepción. Lo humano es siempre susceptible de empalmar prodigiosamente con un rasgo telúrico, y viceversa.